Pinceladas de Asturias

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Colección Masaveu: objeto y naturaleza. Bodegones y floreros de los siglos XVII–XVIII, hasta el 8 de enero de 2023 en el Museo de Bellas Artes de Asturias

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La Fundación María Cristina Masaveu Peterson y el Museo de Bellas Artes de Asturias presentan la exposición Colección Masaveu. Objeto y naturaleza. Bodegones y floreros de los siglos XVII – XVIII, que se podrá visitar en el Museo de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo, del 30 de septiembre de 2022 al 8 de enero de 2023.



Esta exposición, que ha sido comisariada por Ángel Aterido —profesor de Historia del arte de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en pintura española del siglo XVII—plantea un recorrido en cuatro secciones mostrando la evolución de la naturaleza muerta desde el Barroco a la Ilustración.

Siguiendo un orden geográfico y cronológico, esta muestra propone al espectador actual un trayecto de siglo y medio por el bodegón español a través de medio centenar de obras de algunos de los más renombrados artistas consagrados al género: desde los sobrios planteamientos de Juan van der Hamen, Alejandro de Loarte o Juan de Zurbarán, pasando por las soluciones plenas del barroquismo de Juan de Arellano, hasta concluir con las refinadas composiciones de Luis Meléndez. Se han seleccionado las piezas más sobresalientes del siglo XVII y XVIII para ofrecer un panorama representativo del desarrollo de uno de los géneros pictóricos más extendidos en la tradición occidental.

Para esta ocasión, la exposición, que se presentó por primera vez en la Fundación Unicaja de Sevilla el pasado mes de abril, se ha completado con nuevos fondos de la propia Fundación María Cristina Masaveu Peterson, que continúa así con la labor de mecenazgo de la familia Masaveu, junto a una parte importante de la Colección Pedro Masaveu Peterson. Cuatrocientas diez piezas de esta colección fueron entregadas al Principado de Asturias mediante la vía de la dación en 1994, un año después de su fallecimiento, por deseo expreso de María Cristina Masaveu Peterson, quien quiso de este modo honrar la figura de su hermano como coleccionista. Estas obras se pueden contemplar en el Museo de Bellas Artes de Asturias, considerado desde entonces uno de los museos más relevantes de España.

Por ello, esta muestra supone un afortunado y único reencuentro de pinturas que, en muchos casos, fueron adquiridas para formar grupos interconectados entre ambas colecciones.
Juan van der Hamen: Bodegón con floreros y cesta de guisantes y cerezas, 1621
Juan van der Hamen: Bodegón con floreros y cesta de guisantes y cerezas, 1621. Colección Fundación María Cristina Masaveu Peterson. Autor de la fotografía: Marcos Morilla, 2022.
 

 

En esta exposición se presenta una selección significativa de las naturalezas muertas pertenecientes a la Colección Masaveu, uno de sus núcleos temáticos más coherentes tanto por su número como por su calidad. Se han seleccionado las piezas más sobresalientes del Barroco y la Ilustración para ofrecer un panorama representativo del origen y la evolución de uno de los géneros pictóricos más extendidos en la tradición occidental.

Para esta ocasión, se ha completado con fondos de la propia Fundación María Cristina Masaveu Peterson, que continúa así con la labor de mecenazgo de la familia Masaveu, y de la Colección Pedro Masaveu Peterson. Cuatrocientas diez obras de esta colección fueron entregadas al Principado de Asturias mediante la vía de la dación en 1994, un año después de su fallecimiento, por deseo expreso de María Cristina Masaveu Peterson, quien quiso de este modo honrar la figura de su hermano como coleccionista. Estas obras se pueden contemplar en el Museo de Bellas Artes de Asturias, considerado desde entonces uno de los museos más relevantes de España. Por ello, esta muestra supone un afortunado y único reencuentro de obras que, en muchos casos, fueron adquiridas para formar grupos interconectados entre ambas colecciones.

Dividida en cuatro secciones, recorre el devenir del género de la naturaleza muerta, diferenciado en el ámbito hispánico con el término característico de «bodegón». Se denominan así las pinturas que retratan objetos, frutos, animales o flores de forma muy próxima, con atención a su diferente consistencia y aspecto. Son temas en apariencia triviales surgidos primero en contextos eruditos que, por su enorme atractivo visual, acabaron siendo demandados por todos los estamentos con capacidad económica en elsiglo XVII. Frente a la historia o la imagen sagrada, el espectáculo de una naturaleza seleccionada y expuesta con sorprendente realismo abría al observador nuevos horizontes.

A través de las obras de algunos de los más renombrados artistas consagrados al género, esta exposición propone al público un trayecto de siglo y medio por el bodegón español.

Las primeras naturalezas muertas españolas están documentadas en la última década del siglo XVI, al igual que en otros focos artísticos europeos.

La pintura que abre la exposición, obra de un pintor radicado en Nápoles, muestra un taller donde un maestro se afana en copiar objetos amontonados.

Está pintando un bodegón, y a sus pies un cartellino recoge la máxima Ancora imparo (Todavía aprendo). El lienzo sirve de metáfora de la sociedad occidental, que aprendía entonces a mirar con otros ojos los quietos enseres cotidianos, los alimentos y las plantas. La pintura ya no se limitaba a retratar al hombre y sus acciones. En los albores del Barroco, la contemplación ordenada de lo que se consideraba anecdótico o secundario pasó a un primer plano.

Inicialmente se fraguó en Toledo una tipología que caracterizó el bodegón español de los primeros decenios del siglo XVII. Se adoptó una ventana pétrea en la que se exponen con gran detalle piezas de caza, vegetales o alimentos elaborados. Así, se plantea al espectador el reto de dilucidar si se encuentra frente a una pintura o frente a la realidad. Los elementos desbordan el marco y acentúan el efecto de trampantojo de una despensa bien surtida, como las que representa Alejandro de Loarte. En contados casos esa exuberancia fue llevada a una mesa rica, como hiciera Juan Bautista de Espinosa de manera excepcional en la pintura que aquí se expone. En ella brinda un ostentoso despliegue del ajuar de una casa noble simétricamente dispuesto.

Con el avance del siglo xvii el modelo se extendió a otros centros peninsulares, en cada uno con unas peculiaridades distintivas. Destacó la corte de Madrid, donde Van der Hamen y sus seguidores, entre los que se encuentra Antonio Ponce, evolucionaron hacia soluciones más dinámicas  y decorativas. Flores y frutos se multiplicaron en variedad y número, para traspasar aquella ventana inicial.

El género del bodegón, como cualquier pintura con pretensiones realistas, se basa en una paradoja, ya que para sugerir la presencia de objetos, animales o frutos, así como las características táctiles de su superficie o su aroma, el artista se sirve únicamente de herramientas visuales. Se crea así un juego cómplice con el espectador, que busca ser sorprendido por la verosimilitud de lo que ve, pues la imagen se asocia al resto de las cualidades sensoriales de lo representado.

En la cultura simbólica del Renacimiento y el Barroco proliferaron las alegorías pintadas en las que, por medio de la vista, se escenificaban los demás sentidos corporales del hombre. Al igual que las series sobre las estaciones o los meses del año, los ciclos dedicados a los cinco sentidos se generalizaron en la decoración de las residencias palaciegas. A través de la pintura estos se encarnaban en personajes imaginarios rodeados de elementos alusivos a cada uno. Al mismo tiempo, se proclamaba con ello su superioridad frente a las demás artes, incapaces de tal artificio.

La Colección Masaveu conserva una serie completa del taller de Juan de Arellano, el pintor de flores más famoso en la España del siglo XVII.

Se inspiró en grabados flamencos tanto para las alegorías femeninas que personifican los sentidos como para las escenas que las acompañan. Además, se enfatizó su condición activa al determinar con un verbo la identidad de cada sentido. Como corresponde a una sociedad impregnada de religiosidad, Arellano incluyó episodios del Antiguo y el Nuevo Testamento como ejemplos instructivos de las consecuencias de su buen o mal uso Las flores fueron uno de los motivos preferidos en la representación de naturalezas muertas desde el nacimiento del género. Su aparición, ya individualizada, ya junto a otros elementos constituía una evocación de la

belleza natural por su colorido y variado aspecto. Sin embargo, también eran incorporadas como metáfora de la fugacidad de la vida por el breve tiempo que conservan intacto su esplendor. Por tanto, encarnaban la perfecta fusión entre decorativismo y símbolo.

A mediados del siglo XVII la pintura de flores se generalizó en toda Europa, desbordando los prototipos iniciales de búcaros o jarrones con apretados ramilletes. Los artistas pasaron a servirse de todo tipo de recipientes en los que desplegar exuberantes combinaciones de aspecto muy movido y orgánico. Esos floreros eran en realidad composiciones imaginadas en las que con frecuencia se agrupaban especies cuya floración no coincide en el tiempo, reunidas para crear atractivos contrastes de color y morfología. Esta táctica visual se basaba en un particular método de trabajo que consistía en ensamblar motivos tomados del natural por separado. Los monumentales jarrones de porcelana y bronce del valenciano Hiepes son un buen ejemplo del espléndido resultado que se obtenía gracias a ese procedimiento.

La corte de Madrid participó de este auge del subgénero floral, en especial durante el reinado de Carlos II. El máximo especialista fue Juan de Arellano, quien mantuvo un industrioso obrador en el que colaboraron sus hijos, entre ellos José, junto a otros maestros como Gabriel de la Corte. Arellano reelaboró soluciones de otros especialistas europeos, como Mario Nuzzi o Daniel Seghers, creando sus propios prototipos con cestos, piezas vítreas o jarrones de orfebrería. Fueron concebidos en parejas o series para mostrarse juntos y así lograr un efecto sofisticado, puramente barroco.

Con el avance del Siglo de las Luces se instauró progresivamente una nueva forma de ver y entender el medio natural. Gracias a la diversificación y consolidación metodológica de los distintos saberes científicos, en especial de los relacionados con la Historia Natural, los silenciosos protagonistas de los bodegones se convirtieron también en materia de estudio. Su clasificación taxonómica se centró en sus detalles morfológicos, los mismos que los pintores se venían esmerando en representar con precisión desde el nacimiento del género.

Los artistas enlazaron así una tradición pictórica previa con la nueva apreciación de la naturaleza, pues ambos requerían del rigor en la representación. No obstante, se preservaron los viejos esquemas compositivos de raíz puramente artística, ya que los bodegones mantuvieron el aire doméstico que recordaba a las mesas de cocina. En el Madrid cortesano su máximo exponente fue Luis Egidio Meléndez, miembro de una amplia familia de artífices de origen asturiano. Aquí se expone un grupo de doce obras que, como la mayoría de su producción conocida, se relacionan con un importante encargo regio.

En 1771 se le encomendó la ejecución de una numerosa serie para el Gabinete de Historia Natural del Príncipe de Asturias, el futuro rey Carlos IV. En ella desplegó un amplio repertorio de frutos y animales de diversas regiones peninsulares, siempre dispuestos en primer plano, representados con extraordinaria minuciosidad y ambientados en espacios culinarios. El éxito del conjunto hubo de ser notable, pues Meléndez hizo múltiples versiones sirviéndose de los mismos motivos —entre ellas las de la Colección Masaveu— destinadas a coleccionistas privados.

Artistas de la exposición

Juan de Arellano (Santorcaz, Madrid, 1614 – Madrid, 1676)

José de Arellano (Madrid, 1653 – Madrid, después de 1714)

Taller de Juan de Arellano (Santorcaz, Madrid, 1614 – Madrid, 1676)

Maestro del Anuncio a los Pastores (activo en Nápoles, Italia, entre 1630 y 1650)

Ignacio Arias (Madrid, hacia 1618 – Madrid, 1653)

Pedro de Camprobín (Almagro, Ciudad Real, 1605 – Sevilla, 1674)

Gabriel de la Corte (Madrid, 1648 – Madrid, 1694)

Juan Bautista de Espinosa (hacia 1585 – Madrid (?), 1640)

Tomás Hiepes (Valencia, hacia 1600 – Valencia, 1674)

Alejandro de Loarte (Madrid (?), hacia 1595 – Toledo, 1626 )

Luis Meléndez (Nápoles, Italia, 1716 – Madrid, 1780)

Bernardo Polo (Activo en Zaragoza, hacia 1655 – 1700)

Antonio Ponce (Valladolid, 1608 – Valladolid, 1677)

Juan de Zurbarán (Llerena, Badajoz, 1620 – Sevilla, 1649)

Juan van der Hamen y León (Madrid, 1596 – 1631)

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