Pinceladas de Asturias

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Colegiata de San Pedro (Teverga)

colegiata tevergaHorarios para las visitas guiadas de La Colegiata

Para los meses de Julio y Agosto: de martes a domingo, mañanas a las 12:00 h. y tardes a las 17:30 h.
A partir del 8 de septiembre: 
sábados y domingos: a las 12:00h. y 16:30h.
Resto de días visitas sólo con:  cita previa (grupos mínimo 15 personas).

Precio 1,50 €.
Persona responsable: 696 816 915 (Rosa)

La gran desconocida del estilo Románico Bizantino de Asturias.

Fue en principio monasterio benedictino de San Pedro y de San Juan de Val de Teverga.
En 1092 fue donado por la condesa Doña Aldonza, hija del Conde Munio Fernández, a la iglesia de San Salvador de Oviedo con todos sus lugares, bienes y pertenencias.
La fundación de la Colegiata parece que data del año 1107, a juzgar por la fecha del libro llamado del “codo”, perteneciente a la misma, que hoy se halla archivado en el Real Instituto de Jovellanos de Gijón.

El estilo de la iglesia es el propio de la Arquitectura románica, organizada por Roma, coetáneamente con la bizantina o de Constantinopla y que extendida por el medio día de Francia, merced a la dominación de los francos, transcendió a Cataluña y a Asturias por las íntimas relaciones que mediaron entre Carlo Magno y Alfonso el Casto, llegando a adquirir en nuestra región un carácter privativo, que le mereció el nombre de Arquitectura asturiana.

El edificio es todo de cantería labrada, siguiendo el modelo de las antiguas basílicas cristianas, con sus tres naves y planta de cruz latina. Varía el ábside, que es rectangular, y no de hemiciclo como se usaba constantemente en el género romano bizantino, debido al incendio sufrido en esta parte durante el XVII. Las bóvedas son de cañón seguido, cuyos arcos semicirculares o de medio punto se apoyan en cilíndricas y pesadas columnas.

Al arranque de las bóvedas corren anchas impostas formando juegos de ajedrez que dan a la iglesia un aspecto majestuoso y severo.

La situación de la misma es de Occidente a Oriente, es decir, de modo que los primeros rayos de sol alumbraran el templo aludiendo así a Jesucristo, sol de justicia que debe alumbrar a nuestro corazones, Miras éstas muy propias del que era entonces muy dado a las representaciones simbólicas.

El conjunto, en el interior, es sumamente sobrio debido a la disposición y estrechez de su ventanas que dejan pasar apenas luz, lo cual también entraba en la intención de los artífices que se proponían reconcentrar el espíritu en la meditación.

Llaman la atención en este monumento arquitectónico, el vestíbulo, los capiteles de las columnas centrales, el presbiterio, las armas de la Casa Miranda esculpidas en los machones, los sepulcros, las inscripciones y otros interesantes detalles.

El vestíbulo

Forma el primer cuerpo de la Iglesia, sitio destinado por la antigua disciplina a los catecúmenos, penitentes y otros a quienes no se permitía pasar más hacia el interior. Es de tres naves, sumamente bajas y de igual altura, con dos puertas, la principal a los pies del templo resguardada por el pórtico, y la del costado que da al claustro. En el flanco de la derecha hay dos tragaluces y dos ventanas semicirculares (enrejadas) en el de la izquierda.

Los capiteles son muy variados. Parece que tal era la norma de los artistas, no producir cosas iguales. Su decoración consiste en líneas y cordones enlazados en diferentes formas, círculos, figuras humanas, cuadrúpedos con aves superpuestas (capiteles de la entrada por el pórtico) y otras caprichosas concepciones.

Esta parte es admirable por su misteriosa significación, toda en ella está en completa armonía con los fines a que se destinaba. La sombría oscuridad, mayor aquí que en los demás del lugar sagrado, lo bajo de las bóvedas que sobrecoge el ánimo y abate el espíritu y obliga a inclinar la cabeza y reflexionar la mística figura del todo el frente del capitel que se destaca al acceso del templo por el claustro, figura de talla incorrecta pero de alto simbolismo, con los brazos extendidos y levantados en actitud orante…

Todo convida a la meditación, a la penitencia, a la abstracción de las cosas terrenas. Y es que el artista al idear estos monumentos tenía fijo su pensamiento en el cielo, a cada paso dejaba muestra de su fe.

No construía a la obra al acaso, sino que aspiraba a que el cristiano participara, al pisar las naves centrales del piadoso recinto, de los mismos sentimientos que lo habían inspirado. En los robustos machones que con su cancela de hierro, hoy desaparecida, separaban el vestíbulo del resto del edificio, aparecen esculpidas las armas de los Miranda y Ponce de León.